El juego del gallina

Vivimos momentos intensos en lo que se refiere al plano informativo, pero también estamos asistiendo a un cambio en el orden mundial con efectos económicos inmediatos y con inciertas repercusiones a medio y largo plazo. Veamos una reflexión personal al respecto.

Seguro que muchos recordaréis la escena de aquella mítica película que protagonizó el malogrado actor James Dean, «Rebeldes sin causa«, en la que tenía lugar una macabra competición entre adolescentes que consistía en hacer correr dos vehículos a toda velocidad en dirección a un acantilado próximo. El juego consistía en ver cuál de los jugadores implicados era el más valiente, midiéndose tal «valentía» según el momento en que cada competidor parara el vehículo o lo desviara antes de caer por el acantilado, es decir, el «más valiente» era el que se mantuviera más tiempo en la carrera sin despeñarse. En la película, uno de los jugadores se retira a tiempo, pero el otro no puede saltar a tiempo y acaba despeñado junto a su vehículo.

Esta competición plasmada en aquel film es lo que se denomina el «juego del gallina» en versión de dos jugadores y es una competición de nervios en la que gana quien mantenga el pulso más tiempo antes de caer al abismo. En Teoría de Juegos, normalmente, en un juego entre dos jugadores pueden haber cuatro resultados posibles, o los dos ganan (win/win), o los dos pierden (lose/lose), o gana uno y pierde el otro (win/lose), o gana el otro y pierde el uno (lose/win). En el caso articular del «juego del gallina», las opciones posibles se reducen a tres, o gana uno y pierde el otro, o gana el otro y pierde el uno, o pierden los dos, según sea si uno se retira antes que el otro o no, o bien, si se acaban «estrellando» los dos; es decir, en el «juego del gallina» es muy difícil que se produzca un caso en el que los dos ganen (win/win), y eso es lo que lo hace peligroso.

El problema del «juego del gallina», en mi opinión, recala precisamente en la dificultad de que el hecho de que los dos se retiren antes de caer pueda ser percibido como un «win/win», ya que, por definición, quien se retire antes será el perdedor. Es, por lo tanto, un juego perverso y macabro en el que aparentemente sólo puede haber un ganador; digo «aparentemente» porque si tomamos el mismo juego pero definimos de manera diferente las reglas y el premio, entonces el caso del «win/win» se podría llegar a presentar. Volvamos al caso de la película anterior, si redefinimos las reglas y las cambiamos desde las anteriores, «ver quién es más valiente», a «mantenerse con vida», entonces el mismo juego sí que presenta un «win/win» claro, que podría ser, o bien, parar los dos vehículos cuando antes y sin tener en cuenta si se está más cerca o más lejos del acantilado, o bien, simplemente, no jugar.

Por lo tanto, las reglas son tan importantes como el juego en sí mismo y más, según el escenario en que se plantee el «juego» en cuestión. La situación política y económica actual que nos está tocando a vivir también se podría asimilar a un «juego del gallina» entre, de momento, dos “jugadores”, y no me refiero a los dos contendientes en la guerra de Ucrania, sino a Occidente y sus sanciones a Rusia y la creciente dialéctica rusa y amenazas de guerra global que esta potencia nuclear hace a Occidente como respuesta a las sanciones que está recibiendo. Estamos, creo, ante un siniestro «juego del gallina» en el que cada contendiente/jugador va elevando la apuesta con la esperanza que el otro deje de jugar antes de llegar a un enfrentamiento global que sería aniquilador; en este «juego» actual, el «acantilado» sería la Tercera Guerra Mundial (lose/lose) y los dos jugadores corriendo hacia este acantilado serían Occidente y Rusia. También habría un tercer «jugador» el cual, de momento, parece que se lo mira desde la distancia, China, una gran potencia económica y que seguramente está llamada a ser la primera potencia económica global a medio plazo y a quien, seguramente, este enfrentamiento le acabaría afectando negativamente si se involucrara directamente, pero que le podría beneficiar, y mucho, dependiendo del rol que acabara llevando y según cómo fueran los acontecimientos. En la carrera actual, el «premio» para Occidente seria que Rusia retirara sus fuerzas de Ucrania o bien que gracias a las sanciones desistiera de su actitud, hecho que provocaría la desaparición de la amenaza militar heredera del antiguo bloque del este y la consolidación de la UE como ente político y que también provocaría una ampliación y consolidación definitiva de la OTAN. De la misma manera, para Rusia el «premio» consistiría en la anexión de Ucrania y la posibilidad de resucitar de alguna manera el antiguo imperio soviético para consolidar así su influencia política y militar en el mundo. Ahora bien, el escenario en el cual todo el mundo pierde, la Guerra Global, sería aquél donde los dos «cayeran por el acantilado» y el «juego» acabara de manera trágica en un escenario de confrontación global.

El problema de este «juego del gallina» que es tan real como peligroso está precisamente en la dificultad real de redefinir el premio del «juego»; me explico, sobre el papel podría parecer fácil redefinir sus reglas, por ejemplo, si definimos el objetivo del juego como «salvaguardar a la Humanidad» entonces, en un mundo ideal, los dos contendientes se retirarían (win/win) y se acabaría el peligro de confrontación global y, de rebote, la guerra de Ucrania. Desgraciadamente, la vida real no funciona así, Putin ha elevado demasiado la apuesta y no puede retirarse sin conseguir alguno de sus objetivos si no quiere que sus mismos partidarios liquiden su régimen y Occidente tampoco puede hacerlo sin asumir el riesgo de mostrar debilidad y tener que volver a enfrentarse a casos similares en un futuro inmediato como, por ejemplo, una posible invasión de otros países antes parte de la URSS (Moldavia, Repúblicas Bálticas) o que China aprovechara la ocasión para apoderarse de Taiwán, y es que el hecho de presentar debilidades, o hechos que puedan ser considerados como tales, es muy peligroso en geopolítica. La solución de este «juego» tendría que ser evitar a cualquier precio un escenario de Guerra Global (lose/lose) y tendría que pasar por llegar a algún tipo de acuerdo que todas las partes pudieran presentar como una victoria (win/win); a modo de ejemplo, un acuerdo de neutralidad de Ucrania, un posible reconocimiento de la anexión de Crimea, o cualquier otra opción. El problema es que, una vez las armas ya han hablado, los escenarios de acuerdo disminuyen.

De todos modos, no tendríamos que ser pesimistas, seguramente se acabará llegando a algún tipo de acuerdo (una aniquilación global parece inverosímil) y esta crisis político-económica acabará pasando de manera mejor o peor; ahora bien, nos tendríamos que plantear qué pasará el día siguiente, como se tendría que reordenar el espacio político y económico mundial ante la nueva situación y cuál sería el punto de equilibrio final. Es muy difícil de ver porque todo es todavía bastante difuso, pero convendría tener en cuenta en este menester el llamado «trilema de Rodrick» según el cual, ante la Globalización, el tener Estados fuertes, democracias fuertes y libre comercio es imposible puesto que las tres variables son incompatibles todas juntas a la vez, es decir, o tenemos que renunciar al Estado fuerte, o bien a la democracia fuerte, o bien al libre comercio. Si nos fijamos en China, este país no defiende la democracia como la conocemos, pero tiene un Estado fuerte y plantea el libre comercio y su éxito está siendo, de momento, innegable y su pujanza, un hecho. Si nos fijamos en la UE, y la estudiamos como si fuera un estado global, veremos que como «estado» es débil, pero que cada estado individual que compone la UE es una democracia consolidada (con matices particulares) y defiende el libre comercio. Por lo tanto, si la UE quiere ser un actor principal en el nuevo orden mundial, tendría que fortalecerse como ente político y en detrimento de cada Estado particular, aunque cada uno de ellos continúe siendo plenamente democrático; en pocas palabras, una Europa fuerte y más unida, pero respetando la democracia interna de cada uno de los Estados que la componen podría ser una solución en un futuro en la que la UE tendría mucho que decir.

Pero las dificultades son evidentes, por un lado, está la pujanza de China, hecho que los EE. UU., como «hegemón» mundial, podría ver como una amenaza a su hegemonía cosa que, a modo de «trampa de Tucídides» podría plantear escenarios de posibles crisis políticas futuras. Por otro lado, está la dependencia energética europea, cosa que para la UE es una debilidad evidente y que deberá ser corregido en el medio plazo. Sea como fuere, dentro de cualquier crisis hay una oportunidad y ojalá que la que ahora vivimos la acabemos superando con nota y Europa logre un papel clave dentro del nuevo orden mundial en ciernes, un orden donde los valores democráticos y de libre comercio tendrían que estar muy presentes. Ojalá sea así.

Tortosa, 31-3-2022

Jordi Mulé

Economista C.E.E. núm 13147

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