La Revolución Digital

La Historia Humana está llena de momentos de cambio en los que se producen hechos disruptivos que configuran la evolución de los acontecimientos a partir de estos. No obstante, estos hechos se van sucediendo con una cadencia cada vez menor desde la Revolución Industrial y más aún desde la Revolución Tecnológica; de hecho, quizá hoy en día estemos viviendo uno de esos momentos, la Revolución Digital, veamos una reflexión personal al respecto.


La Historia Humana puede ser estudiada de diversas maneras, por ejemplo, como una sucesión de hechos bélicos o políticos que fueron configurando la sociedad hasta llegar al momento presente, pero también se puede estudiar como un proceso en el cual se van dando saltos de mayor o menor envergadura en ciertos momentos y que, como resultado de los mismos, al final se consigue llegar a la configuración actual de nuestra Sociedad. Estos hechos que se van produciendo en la Historia son ciertamente determinantes, más que la gran mayoría de los hechos políticos y, hasta hace poco, también eran también anónimos, poco o nada se sabe sobre los inventores de ciertas ideas o hechos disruptivos; por ejemplo, la domesticación del fuego, la invención de la agricultura o la invención de la rueda son ciertamente momentos importantes, pero desgraciadamente nada nos ha llegado sobre quién o quiénes fueron sus inventores, lo mismo se puede decir sobre el descubrimiento de la forja de los metales, que dio lugar a la Edad del Bronce y luego a la Edad del Hierro y así sobre tantos y tantos hechos de trascendental importancia.

Hasta hace relativamente poco, estos hechos se iban sucediendo en el tiempo e iban provocando una cierta y paulatina evolución tecnológica y social, por ejemplo, si bien una persona de mediados del siglo XVIII era claramente mucho más evolucionada socialmente que una persona de la época de Julio César, la evolución tecnológica sufrida el tiempo que separa ambas épocas no había sido tan radical, se seguían arando los campos de manera manual o con tracción animal y el transporte se continuaba realizando de la misma manera, fuera mediante carros tirados por caballos, en el caso del transporte terrestre, o fuera mediante barcos de vela en el caso del transporte marítimo. En pocas palabras, salvando las distancias, una persona del siglo XVIII no hubiera tenido grandes problemas en aclimatarse a la vida del siglo I antes de Cristo. Todo ello empezó a cambiar cuando, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, se produjo la llamada Revolución Industrial, gracias al vapor y a sus usos industriales se empezaron a mecanizar los sistemas productivos, consiguiendo multiplicar la producción mundial a un precio mucho más barato que el anterior y, gracias al mayor bienestar que se iba consiguiendo de manera paulatina, se experimentó un aumento en la población mundial. Por lo tanto, a partir de ese momento, el mundo empezó metafóricamente a ser cada vez más pequeño para la especie humana, viajes que antes tardaban varios días pasaron a ser posibles en horas gracias al ferrocarril y, gracias también al vapor, los barcos podían surcar los mares a mayor velocidad que antes y sin depender de los caprichos del viento, en pocas palabras, la población se multiplicó así como la demanda mundial y, gracias a la mejora de las comunicaciones, el mundo empezó a parecerse cada vez más al que ahora conocemos.

Algo fácil de advertir es que la cadencia de estos fenómenos disruptivos es cada vez menor, si se tardaron siglos para pasar de la Edad del Bronce a la del Hierro, actualmente pueden pasar décadas o sólo años entre hechos de relevancia que se puedan considerar disruptivos. Por ejemplo, a principios de los ochenta del siglo XX se empezaron a popularizar los microordenadores domésticos (muchos recordaremos los entrañables Sinclair Spectrum o Commodore 64) y a finales del siglo XX (hablamos de poco más de diez años de diferencia) se popularizó internet, entonces la cosa se disparó. Una «subrevolución» de la Revolución Industrial es la llamada «Revolución Tecnológica» que no deja de ser parte de la Industrial porque es consecuencia directa de ésta pero se centra en el Sector de la Tecnología; los dispositivos electrónicos empezaron a ser populares y su precio empezó a bajar, incorporando prestaciones nuevas por doquier y multiplicando por varios dígitos su potencia en poco tiempo. En tecnología, la obsolescencia de un equipo se mide en pocos años.

Una Revolución Tecnológica de tal calibre no podía pasar desapercibida en los Mercados y, por ello, a principios del siglo XXI se produjo una burbuja bursátil llamada «Fiebre de las punto com«; de repente parecía que la digitalización de la Sociedad era cosa de meses y muchas empresas de Tecnología sufrieron una fiebre compradora sin parangón, cosa que provocó grandes subidas en Bolsa de los valores de empresas tecnológicas sin que subyacera debajo de tal fenómeno una lógica empresarial; un ejemplo paradigmático es la salida a Bolsa de «Terra«, filial de Telefónica, que triplicó el valor de la acción el mismo día de su salida a cotización. Como pasa muchas veces, la Bolsa se equivocó, pronto se vio que era muy temprano aún para confiarlo todo a la digitalización y la burbuja se deshinchó, pero la Bolsa no iba muy desencaminada, la Revolución Tecnológica iba a convertirse en pocos años en una auténtica Revolución Digital, era cuestión de tiempo, ciertamente, de poco tiempo.

Pero tenía que venir un hecho tan inesperado como una pandemia global para que todo se precipitara, una vez conseguido el nivel tecnológico deseable, lo suyo hubiera sido una digitalización paulatina de nuestros usos y costumbres pero la pandemia de la Covid-19 y los confinamientos sufridos hicieron que mucha gente reacia a dar este paso lo dieran y, por lo tanto, se ha conseguido una modificación dramática de los hábitos de consumo en tiempo récord. Ante esta situación, aunque ciertamente no todos los sectores son iguales, muchas empresas han acometido ambiciosos planes de digitalización de sus servicios, cosa que tiene muchas ventajas, sobre todo, en lo referente a agilidad y costes. No obstante, en mi opinión, si bien la digitalización está aquí y va a quedarse, si una empresa u organización lo basara todo en este aspecto se equivocaría, es decir, cierto es que gran parte de los procesos o servicios de cualquier organización se pueden «industrializar» y, por lo tanto, digitalizar, pero algunos no y si una organización no definiera bien el límite entre aquello industrializable y aquello que no lo es, podría incurrir en un posible coste de oportunidad o, directamente, en una merma de sus ventas o de la calidad percibida de los servicios que presta, cosa nada deseable para ninguna empresa u organización que se precie de tal.

Por lo tanto, saber marcar bien dónde está la frontera entre el mundo digital y el tradicional es básico en este momento; cierto es que la corriente actual lleva sin remisión a la digitalización, pero la organización que sepa acometer tal proceso sin perder de vista el negocio tradicional conseguirá grandes oportunidades de negocio ya que aquello que no se pueda industrializar, siguiendo el símil textil, necesitará un «traje a medida». En pocas palabras, la empresa que se sepa digitalizar bien pero que continúe haciendo buenos «trajes a medida» conseguirá lo mejor de los dos mundos. La Sociedad Humana cambia rápida y drásticamente, cierto, pero debajo de la Sociedad Digital  subyace la Sociedad Tradicional, no lo olvidemos.

 

Tortosa, 17-1-2021

Jordi Mulé.

Economista C.E.C. núm 13147.

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