Pragmatismo y fanatismo

Ambas son cualidades humanas y cada una de ellas puede tener cierta  utilidad en ciertos momentos; ahora bien, la postura pragmática acostumbra a conseguir mejores resultados a medio y largo plazo mientras que la postura fanática quizá sólo pueda resultar útil en el corto plazo. Veamos una reflexión al respecto.


A finales del siglo XVI se produjo una vacante al trono de Francia; después de muchas vicisitudes, los “Estados Generales” franceses designaron como rey a Enrique de Borbón, que se convertiría en Enrique IV de Francia. Veamos la situación de la Europa de finales del siglo XVI; la Reforma Protestante se había llevado a cabo a comienzos de aquel siglo y ello había provocado varias guerras de religión entre católicos y protestantes. Hay que tener en cuenta que la religión entonces tenía una posición muy preponderante en la Sociedad, era una época en la que la fidelidad de un súbdito a un rey no lo era tanto por afinidad de lengua o por sentimiento nacional (el sentimiento nacional es un “invento” del siglo XIX), sino que la fidelidad a un rey lo era en cuanto el rey profesara la misma religión que su súbdito, en pocas palabras, un habitante del Reino de Francia de entonces, independientemente de si hablaba occitano, francés o bretón, lo único que pedía de su rey era que éste siguiera el mismo Credo que él, nada más, sin importarle para nada el idioma en que el rey se expresara.

Pues bien, resulta que Enrique de Borbón era protestante y había sido designado para ocupar un trono de un reino eminentemente católico (en Francia había entonces una significativa minoría protestante, los hugonotes, pero ciertamente se trataba un reino eminentemente católico). Dentro del orden de las cosas de entonces, lo esperable habría sido que el nuevo rey, que en aquella época disfrutaba de un poder absoluto, hubiera intentado imponer su Credo protestante a sus nuevos súbditos, provocando así una nueva guerra de religión; no obstante, no fue así, lo que pasó fue que Enrique IV abjuró de su fe protestante y se hizo católico. Dice la leyenda que, para justificar su decisión, pronunció una frase que se ha quedado en el imaginario colectivo, “París bien vale una misa“.

Estatua ecuestre de Enrique IV de Francia.

A comienzos del siglo XIII, durante la guerra contra los cátaros que los cruzados francos, con la bendición papal, llevaron a cabo en tierras occitanas, hubo el asedio de la ciudad de Béziers. Una vez ganado el asedio de la ciudad, los soldados cruzados, siguiendo las órdenes recibidas, se disponían a saquearla y pasar a cuchillo por cátara y hereje a toda su población. Sin embargo, algunos caballeros cruzados manifestaron ciertas dudas sobre exterminar a la población de la ciudad conquistada puesto que, si bien es cierto que entonces en Occitania había muchos cátaros, también era cierto que había una mayoría de católicos; otra leyenda nos explica que se dirigieron a un fraile, el delegado papal en la cruzada contra los cátaros y le preguntaron cómo podrían distinguir a un hereje cátaro de un devoto católico para evitar matar a quien no hacía falta. La respuesta del delegado papal, según la leyenda, fue lacónica, “matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos“.

Vista de la ciudad occitana de Béziers.

Si volvemos a la primera anécdota, la postura de Enrique de Borbón se podría considerar hoy en día como pragmática. El pragmatismo consiste en tomar posturas eminentemente prácticas ante las diferentes situaciones que se pueden producir, pero sin dejar aparte en ningún momento los intereses propios; en el caso del rey protestante de Francia, la postura práctica y menos conflictiva era la de cambiar él de Credo, hacerse católico y evitar así una nueva guerra de religión; quizás para los estándares de la época se habría podido considerar su postura como poco heroica, pero lo cierto es que lo afianzó en el poder, sus descendentes tuvieron la oportunidad de agrandar el reino y hacerlo unos de los más importantes del mundo de entonces, sobre todo, durante el siglo XVII. Enrique IV se convirtió en rey desde el pragmatismo, fue práctico y eso le fue bien a largo plazo.

La postura de la segunda anécdota histórica es fanática, el fanatismo consiste en querer imponer el criterio propio a cualquier coste y sin ninguna negociación ni concesión, en pocas palabras, se podría resumir con esta frase, “si no estás conmigo, estás en contra de mí“. El fanatismo dualiza la visión de la sociedad entre buenos y malos; para el delegado papal del siglo XIII todos los habitantes de la ciudad conquistada eran herejes y merecían la muerte, le daba igual si realmente lo eran o no, debían morir. La postura fanática puede ser útil en el corto plazo, por ejemplo, para tomar el poder con un golpe de mano decidido, pero genera muchos problemas a medio y largo plazo, puesto que la dualización entre buenos y malos multiplica los enemigos y hace muy difícil “ampliar la base” de los partidarios.

Uno de los defectos del fanático consiste en pretender siempre tener toda la razón y en no aceptar críticas, ya que que el fanático cree que siempre lo hace todo bien y mejor que los demás. El pragmático sí que acepta críticas y decide siempre valorando las situaciones de acuerdo con lo que considere mejor, se adapta a la situación y consigue así, poco a poco, llevar las cosas a su terreno. Cómo podéis ver, ambas posturas pueden tener beneficios en ciertos momentos, pero la postura pragmática es la que, en mi opinión, mejores resultados puede dar, sobre todo, si se quiere construir algo sólido y duradero en el tiempo.

Evidentemente, la Sociedad actual no tiene los mismos valores ni es la Sociedad de los siglos XIII o XVI, sólo faltaría, no obstante, los dos ejemplos descritos me sirven para ilustrar “grosso modo” la actual situación. Durante el próximo mes de febrero habrá elecciones en Cataluña; venimos de una legislatura en que, por motivos ya suficientemente conocidos por todos, las posturas en el Parlament han estado enfrentadas y en la que la iniciativa parlamentaria se ha visto muy condicionada por tal situación. Por si no fuera suficiente, aparece una pandemia que lo complica todo y que ha afectado y mucho, además de a la Salud, a la libertad de las personas, a su movilidad y a su tranquilidad económica y todo ello empeorado, además, por ciertos errores en algunas políticas llevadas a cabo sin valorar en su justa medida, creo, sus efectos. En Política ya sabemos todos que hay diferentes opciones para votar y que hay que tenerlas a todas en consideración; aun así, en la situación actual, si la pregunta (entre tantas) versa sobre si votar a una opción más fanática o a una opción más pragmática, pienso que, sin dudar y siempre sin olvidar valorar también la acción de gobierno llevada a cabo, habría que votar a la opción más pragmática. Es el pragmatismo lo que ahora nos hace falta para, entre todos, poder superar la situación actual y es esta postura la que nos puede ofrecer una mejor adaptación a las diferentes dificultades que pueden surgir; creo que es el momento de aparcar un poco ciertas maneras de pensar, de ser pragmáticos evitando el conflicto moral, de ser útiles a la Sociedad y de ayudarla a mejorar, eso sí, sin olvidar los ideales propios. Más adelante, cuando se supere la pandemia y volvamos a la situación “normal”, ya volveremos a los debates de antes.

En pocas palabras, si bien es cierto que partimos de un pasado reciente en el que el debate de las ideas en Catalunya pasaba casi por dos polos opuestos, la postura pragmática es la mejor ahora mismo para ayudar a la Sociedad y tener proyecto a medio y largo plazo. Parafraseando a un antiguo President, “ahora no toca” ser fanáticos, toca ser pragmáticos.

Tortosa, 2-12-2020

Jordi Mulé

Economista C.E.C. núm 13147.

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