¿Se pueden prever las crisis?

Es muy fácil criticar lo ya sucedido y es bueno aprender de los errores pasados para tratar de corregir situaciones no deseadas. Si fuéramos infalibles, no existirían las crisis; ahora bien, ¿es posible ser tan preciso en las predicciones económicas?


Los análisis económicos “a toro pasado” son muy comunes; es fácil poder conseguir ver un documental sobre la crisis de 1929, o bien, leer alguna interesante obra sobre la reciente crisis derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria. Estas obras, seguramente, relatarán de una manera sumamente amena las diversas causas de tales crisis y los errores cometidos en las políticas encaminadas a sobrellevarlas lo mejor posible; ahora bien, alguien se preguntará, ya que el análisis a posteriori es tan evidente, ¿cómo pueda ser que las crisis lleguen y siempre pillen desprevenidos a los agentes económicos?

Recuerdo que en las primeras lecciones de economía de primero en la Facultad se explicaba lo que era la oferta y la demanda y cómo actuaban estas magnitudes se nos dijo que el modelo que se nos enseñaba era el modelo llamado “clásico“, es decir, el derivado de la obra de Adam Smith. El modelo clásico viene a ser a la Economía lo que la Mecánica de Newton en la Física; me explico, ambos modelos quieren explicar el comportamiento de los fenómenos estudiados partiendo de modelos matemáticos y así, por lo tanto, se presupone una exactitud en sus predicciones. No se me ocurre nada más elegante que un modelo matemático que pueda prever con exactitud el comportamiento de una variable, la que sea, ya sabemos que las matemáticas son exactas; por ejemplo, en el caso del modelo económico de Adam Smith, en relación a la Oferta y la demanda, las considera funciones que relacionan la cantidad demandada u ofertada de un producto con su precio, a mayor/menor precio, mayor/menor será la cantidad ofertada/demandada del producto en cuestión. Por otro lado, en la Mecánica de Newton, se quiere poder predecir cosas como la situación exacta de un objeto en relación a su velocidad, aceleración, el tiempo transcurrido, etc.

 

Adam Smith

Tanto el modelo de Smith como el de Newton son modelos que tienen en común un defecto sustancial, el de la simplificación. En el caso de la Teoría Clásica de Smith, la simplificación reace, entre muchas cosas y siguiendo el ejemplo anterior de la Oferta y la Demanda (la teoría de Smith evidentemente va mucho más allá de sólo este tema), en considerar que la reacción del público ante una variación de la cantidad producida o del precio del producto es instantánea, vamos, que si produzco el doble automáticamente deberé bajar el precio para poder colocar toda mi producción, ya que inundaré el mercado con mi producto y, automáticamente, su precio bajará. Nada más lejos de la realidad, ya que, primero, las reacciones nunca son instantáneas, llevan retardo; segundo, el hecho de que un bien sea más o menos demandado también depende de muchos otros factores subjetivos e inherentes al consumidor o al mercado, los gustos y las modas, la percepción de calidad, el prestigio que da un precio alto, etc. En relación a la Mecánica Clásica de Newton, la simplificación, entre muchas, consistía en considerar al objeto estudiado como si de un punto material se tratara, sin tener en cuenta la geometría del objeto en cuestión y eliminando otras variables que bien pudieran influir en su comportamiento; por ejemplo, la aceleración experimentada por un objeto no tiene por qué ser la misma en toda su geometría, aunque el modelo así lo considere.

 

Sir Isaac Newton

La simplificación en las variables a estudiar facilita la confección de teorías y su plasmación en excelente obras, si bien incorpora un tanto por ciento de error que hace que los cálculos deban ser revisados periódicamente y corregidas las desviaciones que se van produciendo. Por ello, volviendo a la Física, si aún siendo ésta una ciencia natural y, por tanto una gran aliada de las exactas matemáticas, no es capaz de predecir al 100% la trayectoria de, por ejemplo, una sonda espacial con destino a Saturno, obligando a los técnicos de tierra a hacer periódicamente pequeñas rectificaciones en su rumbo para poder llegar a su destino, ¿qué no podrá pasar con la Economía, que es una ciencia social y que, por ello, pretende estudiar el comportamiento humano, ya de por sí, imprevisible?

Recuerdo de jovencito leer con avidez las obras de un gran escritor de ciencia ficción y divulgador científico ruso/norteamericano, Isaac Asimov. En una de sus principales obras, “Fundación“, relataba el desarrollo de una ciencia basada en la estadística y capaz de predecir el devenir de la Historia, es decir, de predecir el futuro de la Sociedad, la “psicohistoria“. En los postulados de esta teoría se dejaba bien claro que lo que era imposible de predecir en un individuo aislado sí que lo era en una población lo suficientemente grande, ya que el comportamiento de la Humanidad seguía patrones estadísticos estudiables y, por lo tanto, predecibles. La ironía del caso era que, aún así, aún demostrándose la teoría acertada, en cierto momento de la novela aparecía una variable descontrolada y todo el sistema caía como un castillo de naipes. Cruel ironía, pero gran verdad, para poder predecir cualquier acontecimiento haría falta controlar todas las variables y siempre hay alguna que se escapará, es así.

 

Isaac Asimov, un visionario.

Y es que es muy fácil opinar sobre las cosas que han sucedido y aprender de los errores para evitar que vuelvan a suceder acontecimientos negativos del pasado, como las crisis. No obstante, esta tarea es casi imposible, ya que el número de variables a considerar sería astronómicamente alto y las situaciones nunca son las mismas, aunque se parezcan. En pocas palabras, somos humanos, impredecibles, y quizá sea mejor así.

Tortosa, 3-6-2019

Jordi Mulé

Economista C.E.C. núm 13147

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